Había un hombre llamado Lázaro que vivía en Betania, una aldea a menos de tres kilómetros de Jerusalén. Él y sus hermanas, Marta y María, eran amigos cercanos de Jesús. Cuando Lázaro enfermó, las hermanas mandaron un recado corto y lleno de confianza: \"Señor, el que amas está enfermo\" (Juan 11:3, RVR). Ellas sabían dónde encontrar ayuda.
Lo que Jesús hizo a continuación parece extraño. No corrió. Se quedó dos días más donde estaba, y solo entonces fue a Betania. Cuando llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días sepultado. Marta salió a su encuentro en el camino con una frase que mezcla fe y dolor. María repitió la misma queja a sus pies. Y, ante la tumba de piedra, ocurrió la más breve y una de las escenas más impresionantes de la Biblia: Jesús lloró.
Esta es la séptima y mayor señal del Evangelio de Juan. Carga una promesa que atraviesa dos mil años y llega hasta ti: la muerte no es el punto final que parece ser.
La demora que nadie entendió
El recado llegó claro: el amigo está enfermo, ven. Jesús lo oyó, y aun así se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Para quien esperaba socorro inmediato, aquello sonó a abandono. Marta se lo diría a la cara: 'Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto' (Juan 11:21, RVR).
La demora no fue descuido. Jesús explicó a los discípulos que aquella enfermedad ocurría 'para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella' (Juan 11:4, RVR). Él sabía exactamente lo que iba a hacer, y sabía que el efecto sería mayor si Lázaro estuviera muerto, sepultado y sin ninguna esperanza humana.
En el Club vives versiones pequeñas de esa espera. El campamento que se retrasa por la lluvia. La Especialidad que intentas tres veces antes de conseguirla. La respuesta de oración que no llega el día que tú marcaste. La historia de Lázaro no promete que la espera sea cómoda. Ella muestra que la demora de Dios tiene un tiempo propio, y que ese tiempo suele revelar algo que la prisa escondería.
Por qué Jesús llamó a la muerte 'sueño'
Antes de salir hacia Betania, Jesús avisó a los discípulos con una frase curiosa: 'Nuestro amigo Lázaro duerme, mas voy para despertarlo' (Juan 11:11, RVR). Los discípulos lo tomaron al pie de la letra y respondieron que, si duerme, entonces va a mejorar. El texto entonces explica el malentendido: 'Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño' (Juan 11:13, RVR).
Ahí Jesús fue directo, sin rodeos: 'Lázaro ha muerto' (Juan 11:14, RVR). La palabra 'sueño' no era un eufemismo educado. Era una manera de describir lo que la muerte es a los ojos de Dios: un estado de descanso, sin conciencia y sin dolor, que va a durar hasta el momento en que él llame de nuevo. Así como te despiertas de un sueño profundo sin noción de cuánto tiempo pasó, quien duerme en la muerte no siente el paso del tiempo.
Esa imagen del 'sueño' aparece varias veces en la Biblia. Daniel habla de los que 'duermen en el polvo de la tierra' y van a despertar (Daniel 12:2, RVR). Pablo consuela a cristianos afligidos hablando de los 'que duermen' y que resucitarán en la venida de Jesús (1 Tesalonicenses 4:13-16, RVR). Lázaro es la demostración viva de ese lenguaje: durmió, y Jesús lo despertó.
La esperanza del descanso hasta la resurrección
La lectura adventista de esta historia es sencilla y, para mucha gente, un alivio. Cuando alguien muere, esa persona descansa. No está sufriendo, no está vagando, no es consciente de nada. Está esperando, como quien duerme, el gran despertar que Jesús prometió para el día de su venida. Si quieres conocer mejor el conjunto de estas creencias, el Club tiene material sobre las 28 creencias en lenguaje joven.
Esto cambia la manera de encarar la pérdida. La nostalgia sigue siendo real y pesada, nadie finge que no duele. Lo que la esperanza añade es un horizonte. La separación tiene plazo. El reencuentro está marcado. Jesús no vino solo a consolar a Marta con palabras bonitas sobre 'un día'. Él anticipó ese 'un día' allí mismo, delante de ella, sacando al hermano de la tumba.
Aquí cabe un cuidado: la fe adventista presenta esta esperanza y no obliga a nadie a aceptarla. Si eres Conquistador de otra tradición, o de ninguna, la invitación aquí es conocer lo que la Biblia dice sobre la muerte como sueño y decidir por cuenta propia. La historia de Lázaro le habla a cualquier corazón que ya haya perdido a alguien.
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En medio de la conversación dolorosa con Marta, Jesús hizo la declaración que da nombre a este artículo. Marta creía en una resurrección lejana, 'en el día final'. Jesús entonces trajo la promesa al presente y hacia dentro de sí mismo: 'Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente' (Juan 11:25-26, RVR).
Fíjate en el verbo. Jesús dijo 'yo soy' la resurrección, no 'yo traigo', como quien entrega un paquete. Vencer la muerte pasa por confiar en una persona, más que por dominar una fórmula. Donde Jesús está, la muerte pierde la última palabra.
Justo después le hizo a Marta la pregunta que sigue resonando: '¿Crees esto?' (Juan 11:26, RVR). Marta respondió que sí, que creía que él era el Cristo. Es la misma pregunta que la historia te deja a ti. No hace falta una respuesta lista hoy. Hace falta tomarla en serio.
El versículo más corto: 'Jesús lloró'
Al acercarse a la tumba, rodeado de gente que lloraba, 'Jesús lloró' (Juan 11:35, RVR). Dos palabras en español, el versículo más corto de la Biblia. Así de simple, y de los más profundos.
Piensa en lo que está ocurriendo ahí. Jesús sabe que, en pocos minutos, va a llamar a Lázaro de vuelta a la vida. Él no llora por desesperación, porque conoce el final feliz. Él llora porque el dolor a su alrededor es real, porque perder a alguien duele de verdad, y porque él no es un Dios distante e indiferente. Dios hecho persona sintió el nudo en la garganta que tú ya sentiste en un velorio.
Esto importa para el día a día del Club. Cuando un amigo pierde a un abuelo, un Consejero enfrenta una enfermedad en la familia, o un Conquistador llega callado porque algo pesado ocurrió en casa, la respuesta cristiana no es 'no llores, ya pasará'. Jesús lloró primero. Llorar con quien llora es imitar al Maestro. Estar presente vale más que tener la frase perfecta.
'¡Lázaro, ven fuera!'
Jesús mandó quitar la piedra. Marta, práctica como siempre, avisó que el cuerpo ya olía, cuatro días después. Él insistió. Entonces oró en voz alta, para que todos oyeran, y 'clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!' (Juan 11:43, RVR).
Lo que vino después es una de las escenas más impresionantes de los Evangelios: 'Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario' (Juan 11:44, RVR). Un hombre sepultado, envuelto en las vendas de lino del entierro, caminando fuera de su propia tumba. Jesús completó: 'Desatadle, y dejadle ir'.
Comentaristas antiguos observan que Jesús llamó a Lázaro por su nombre. Si solo hubiera dicho 'ven fuera', quizás todos los muertos de los alrededores se habrían levantado, tan grande era el poder de aquella voz. Él quiso a uno solo, y llamó por su nombre. Así trata Dios a la gente: por el nombre que conoce, uno a uno.
El milagro que decidió la muerte de Jesús
La resurrección de Lázaro debería terminar en fiesta. Terminó en conspiración. Muchos que lo vieron creyeron en Jesús, pero otros corrieron a contárselo a los líderes religiosos. El Sanedrín se reunió, alarmado por el tamaño del milagro y de la multitud que seguía a Jesús.
Caifás, el sumo sacerdote de aquel año, resolvió la discusión con frialdad política: era mejor que un hombre muriera por el pueblo a que la nación entera se arriesgara. El texto registra el resultado: 'Así que, desde aquel día acordaron matarle' (Juan 11:53, RVR). El capítulo siguiente cuenta que planearon matar también a Lázaro, porque su existencia era una prueba demasiado viva.
Aquí está el giro más serio de la historia. Al devolver la vida a su amigo, Jesús aceleró su propia muerte. Él lo sabía y aun así lo hizo. El gesto que arrancó a Lázaro de la tumba es el mismo que pondría a Jesús en la cruz semanas después. Él dio vida sabiendo que iba a pagar por ella con la suya.