Cierra los ojos un instante y el mundo sigue llegando hasta ti. El zumbido del ventilador, una voz en la cocina, un pájaro allá afuera, el sonido de tu propio nombre cuando alguien te llama. Mientras los ojos necesitan luz y tu atención, el oído trabaja todo el tiempo, incluso cuando duermes. Nunca cierra un párpado.

Esta vigilancia constante ocurre gracias a un mecanismo minúsculo, guardado dentro del hueso más duro del cuerpo. Ahí dentro están los tres huesos más pequeños que posees, una estructura enrollada en espiral parecida al caparazón de un caracol, y un líquido que se mueve con cada sonido que entra. Cuando entiendes cómo funciona todo esto, se vuelve difícil mirar una oreja como algo común.

Este artículo completa nuestra serie sobre el cuerpo humano. Ya hablamos del ojo, del cerebro, del corazón y de los pulmones. Ahora llega el turno del órgano que capta la creación entera y, al final, permite que escuches el mensaje que cambia una vida.

El instrumento que nunca se apaga

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La oreja que ves en el espejo es solo la puerta de entrada. Ese pliegue de cartílago, llamado oído externo, funciona como una antena que recoge el sonido del aire y lo empuja hacia dentro de un canal estrecho. Al fondo de ese canal existe una membrana fina y tensa, el tímpano, que vibra igual que la piel de un tambor cuando la onda sonora golpea contra ella.

A partir del tímpano empieza la parte escondida, y es ahí donde la ingeniería resulta impresionante. El trabajo del oído va más allá de captar el sonido: lo traduce. La vibración en el aire necesita convertirse en vibración en el hueso, después en vibración en líquido y, por último, en una señal eléctrica que el cerebro entiende. Cada etapa de esa traducción tiene una pieza dedicada, y todas caben en un espacio menor que la punta de tu dedo.

Divide ese camino en tres barrios y se vuelve fácil de recordar. El oído externo recoge. El oído medio amplifica, con esos tres huesitos famosos. El oído interno convierte, en la espiral llena de líquido. Es una línea de producción que gira millones de veces por día sin que lo notes, y que sigue encendida mientras duermes, lista para despertarte al primer ruido extraño de la madrugada.

Los tres huesos más pequeños que tienes

En el oído medio viven los tres huesos más pequeños del cuerpo humano. Los nombres describen la forma de cada uno: martillo, yunque y estribo. Están unidos en una cadena delicada, uno pegado al otro, como un pequeño taller de herramientas montado dentro de tu cabeza.

El martillo está adherido al tímpano y recibe la vibración de primera mano. Le pasa el movimiento al yunque, que lo transmite al estribo, y el estribo entrega todo en la puerta del oído interno. El estribo es el campeón del tamaño reverso: mide alrededor de 2,5 a 3 milímetros, más pequeño que un grano de arroz, y lleva el título de hueso más pequeño del cuerpo humano. El martillo, el mayor de los tres, llega a cerca de 9 milímetros.

Además de transmitir la vibración, estos huesitos la amplifican. El sonido que llega del aire es débil y necesita ganar fuerza para lograr mover el líquido del oído interno, que ofrece mucha más resistencia que el aire. La cadena de huesos hace ese trabajo de palanca, aumentando la presión de la señal. Sin esa amplificación, buena parte del sonido se perdería en la frontera entre el aire y el líquido, y oirías el mundo apagado.

La cóclea: una espiral que se convierte en electricidad

Pasado el estribo, el sonido entra en la pieza más ingeniosa de todas: la cóclea. El nombre viene del griego para caracol, porque está enrollada en espiral, con poco más de dos vueltas y media. Por dentro es un tubo lleno de líquido, y es en ese líquido donde la magia de la audición realmente sucede.

Cuando el estribo empuja la entrada de la cóclea, el líquido se mueve y forma ondas, como cuando golpeas el borde de un vaso lleno de agua. Esas ondas recorren la espiral y sacuden una membrana forrada de células especiales, llamadas células ciliadas. Cada una tiene en la cima minúsculos mechones parecidos a hebras de cabello. Cuando la onda mueve esos mechones, la célula dispara una señal eléctrica.

Aquí está el punto en el que mucha gente nunca se ha detenido a pensar. El sonido es vibración mecánica, pero el cerebro solo conversa en electricidad. Las células ciliadas son las traductoras: toman el vaivén del líquido y lo transforman en un impulso eléctrico que sube por el nervio auditivo hasta el cerebro, que finalmente lo entiende como una voz, una nota musical o el ruido de una puerta. Y hay un detalle de organización genial. Cada región de la espiral responde a una altura de sonido diferente. La base de la cóclea capta los sonidos agudos, la cima capta los graves. Es como un piano de más de diez mil teclas doblado dentro de un caparazón del tamaño de un guisante.

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15 mil centinelas que no vuelven

Cada oído carga alrededor de 15 mil células ciliadas (las estimaciones varían de doce a dieciséis mil). Parece mucho, pero hay un detalle serio: en el ser humano, estas células no se regeneran. Los pájaros y los peces logran producir nuevas células ciliadas cuando las antiguas mueren. Tú no. La cuenta que la naturaleza te dio al nacer es la cuenta que llevas para toda la vida.

Lo que más mata células ciliadas es el sonido alto durante mucho tiempo. La intensidad del sonido se mide en decibelios, y a partir de más o menos 85 decibelios la exposición prolongada empieza a dañar estas células. Para hacerse una idea, una conversación normal ronda los 60 decibelios, el tránsito pesado pasa de los 80, y unos auriculares al volumen máximo pueden superar los 100. Cuando la célula muere por ruido, no es reemplazada, y la audición en esa franja desaparece para siempre.

La parte buena es que se puede proteger. La regla práctica que los especialistas usan con los auriculares es sencilla de recordar: si la persona a tu lado consigue oír lo que suena en tus auriculares, está demasiado alto. Baja el volumen, haz pausas de silencio después de conciertos o campamentos ruidosos, y usa protectores auditivos cuando manejes fuegos artificiales, tiro deportivo o herramientas ruidosas. En el Club, esto vale para el Conquistador y para el Consejero: un oído bien cuidado a los 12 años es un oído que aún escucha bien a los 70.

El oído también te mantiene en pie

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El oído interno guarda un segundo aparato que casi nadie asocia con él: el sistema vestibular, responsable de tu equilibrio. Pegaditos a la cóclea existen tres tubitos curvos, los canales semicirculares, colocados en tres direcciones diferentes, más o menos como los tres lados de una esquina de pared.

Estos canales también tienen líquido dentro y también tienen células sensibles al movimiento. Cuando giras la cabeza, corres, te agachas o quedas de cabeza abajo, el líquido se mueve y avisa al cerebro exactamente hacia dónde y con qué velocidad te moviste. Por eso consigues caminar en la oscuridad sin caerte y sabes, con los ojos cerrados, si estás acostado o de pie.

Se puede sentir este sistema trabajando de una forma bien práctica. Cuando alguien gira muy rápido en un juego y para de repente, el líquido de los canales sigue girando por algunos segundos por inercia. El cerebro recibe la información de que todavía estás girando, aun estando quieto, y el resultado es ese mareo conocido. En una caminata del Club, en un desafío de equilibrio o en una construcción alta de pionerismo, es este aparato escondido dentro del oído el que te mantiene firme sobre tus propios pies.

La franja que consigues oír

El oído humano sano capta sonidos en una franja que va desde cerca de 20 hercios hasta 20 mil hercios. El hercio es el número de vibraciones por segundo: cuantas más vibraciones, más agudo es el sonido. Por debajo de 20 hercios está el infrasonido, demasiado grave para que lo percibas, y por encima de 20 mil está el ultrasonido, demasiado agudo, el mismo territorio que los perros y los murciélagos escuchan y tú no.

Esta franja no permanece igual toda la vida. Los sonidos agudos son los primeros en perderse, y eso sucede naturalmente con la edad. Un adolescente suele oír tonos muy altos que muchos adultos ya no alcanzan. Por eso existen esos tonos de celular súper agudos que la chavalada escucha en el aula y el profesor de cuarenta años ni registra. Es biología normal, y cada década reduce un poco ese techo.

Lo que no es normal es acelerar esa pérdida por descuido. El ruido intenso, las infecciones mal tratadas y el hábito de hurgar el canal con hisopos u objetos pueden estropear la audición antes de tiempo. El oído tiene incluso un sistema de limpieza propio: la cera funciona como una barrera que protege el canal contra el polvo y los microbios, y la mayoría de las veces sale sola. Cuidar el oído es, muchas veces, simplemente dejar de agredirlo.

Oír la creación, oír la Palabra

Después de recorrer los huesitos, la espiral y las células, es difícil no detenerse a pensar en Quien diseñó algo tan fino. La Biblia hace exactamente esa pregunta, y la hace de una forma que corta directo: '¿Acaso quien puso el oído no puede oír? ¿Acaso quien formó el ojo no puede ver?' (Salmo 94:9, RVR1960). El argumento es sencillo y fuerte: si existe un Diseñador capaz de montar un aparato que capta la menor vibración del aire, ese Diseñador con certeza te escucha.

El libro de Proverbios ata los dos grandes sentidos en una sola frase: 'El oído que oye y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová' (Proverbios 20:12, RVR1960). Oír es un regalo, y el regalo pide cuidado y gratitud de quien lo recibe. Cada vez que escuchas la risa de un amigo o el viento en los árboles de un campamento, estás usando un don.

Existe todavía una última capa, y quizá sea la más importante. El mismo oído que capta el canto de un zorzal es el oído por donde entra la fe. Pablo escribió: 'la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios' (Romanos 10:17, RVR1960). Dios podría haber elegido cualquier camino para llegar al corazón humano, y eligió justamente el sonido. El instrumento que Él diseñó para que oigas la creación es el mismo por donde Él te habla. Cuidar el oído, entonces, tiene un valor que va más allá de la salud: es mantener abierta la puerta por donde llega tanto la belleza del mundo como la voz que salva.