En la próxima caminata de tu Club, agáchate y toma un puñado de tierra oscura. Parece solo suciedad. En realidad, estás sosteniendo la cosa más ajetreada del campamento. En una cucharada de ese material fértil viven más criaturas que personas hay en la Tierra: bacterias, hongos, lombrices, ácaros diminutos y una multitud que nadie ve a simple vista.

Ese suelo que pisamos sin pensar es una máquina viva. Fabrica alimento, guarda agua, recicla todo lo que muere y sostiene cada bosque, cultivo y huerta del mundo. Y tarda siglos en formarse. La Biblia, por cierto, tiene una frase sorprendente sobre esa tierra: de ella salió el ser humano.

Bajemos hasta el nivel de las lombrices y conozcamos el suelo por dentro.

Una cucharada de tierra, miles de millones de habitantes

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Toma este número con calma, porque cuesta creerlo. Según la FAO, el organismo de agricultura y alimentación de las Naciones Unidas, una sola cucharadita de suelo saludable contiene más organismos vivos que el total de seres humanos que existen en la Tierra. Somos cerca de ocho mil millones de personas. En una cucharadita de tierra caben más formas de vida que eso.

La mayor parte de esos habitantes es invisible. Son bacterias y hongos, tan pequeños que millones de ellos cabrían en la cabeza de un alfiler. Junto a ellos viven también protozoos, ácaros, pequeños gusanos llamados nematodos e insectos que se esconden entre los granos. Todos ocupados, todo el tiempo.

Toda esa población forma lo que los científicos llaman red alimentaria del suelo. Unos comen raíces muertas, otros comen a los que comieron las raíces, y así sucesivamente. Es un bosque entero de bichos ocurriendo dentro de algo que sostienes en una sola mano. La próxima vez que un Conquistador se queje de que pisó la tierra y se ensució la bota, ya lo sabes: pisó una ciudad.

Las lombrices: los arados que Darwin amaba

Charles Darwin se hizo famoso por la teoría de la evolución, pero pocos saben cuál fue el último libro que publicó, en 1881, poco antes de morir. No fue sobre monos ni sobre pájaros. Fue sobre lombrices. Pasó décadas estudiando a esos bichos, saliendo de casa de madrugada con sus hijos, muchas veces bajo la lluvia, solo para observar lo que hacían con la tierra.

Lo que fascinó a Darwin fue la paciencia de las lombrices. Se tragan tierra y restos de plantas, los digieren, y devuelven todo transformado en un material rico y oscuro. Al cavar sus túneles, abren caminos por donde el aire y el agua entran en el suelo. Una lombriz sola hace poco. Millones de ellas, a lo largo de años, remueven el suelo de un campo entero, como si fueran arados vivos que trabajan gratis y nunca paran.

Darwin calculó que las lombrices de un terreno pueden remover toneladas de tierra por año. Sin ellas, el suelo quedaría duro, compactado y sin aire. Con ellas, el agua de la lluvia penetra en lugar de escurrir, y las raíces encuentran espacio para crecer. Un bicho blando y sin ojos, y aun así uno de los mejores agricultores del mundo.

Los descomponedores: la limpieza que nunca acaba

Piensa en cuántas hojas caen de un solo árbol en otoño. Ahora multiplica por todos los árboles de un bosque, por todos los años que existe. Si nada les ocurriera a esas hojas, el mundo estaría sepultado bajo una montaña de restos que subiría más alto que las casas. Ramas, hojas, frutas podridas, animales muertos, todo se acumularía para siempre.

No es lo que pasa, y el motivo tiene nombre: descomponedores. Hongos y bacterias se alimentan de todo lo que muere y quiebran ese material en pedazos cada vez más pequeños, hasta convertirlo en un polvo oscuro y fértil llamado humus. Es ese humus el que da color y fuerza a la buena tierra. Lo que era hoja muerta se convierte en comida para que nazca la próxima planta.

Este es quizás el hecho más impresionante de todos: sin los descomponedores, el planeta quedaría enterrado bajo restos que nunca se pudrirían. La muerte de una hoja alimenta la vida de otra. El ciclo gira en silencio, debajo de tus pies, y nunca se toma vacaciones. Cada vez que ves una cáscara de fruta desaparecer en la tierra de la huerta del Club, es esa limpieza invisible trabajando.

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Siglos para nacer, minutos para perderse

Aquí viene la parte que duele. Todo ese suelo vivo, tan lleno de trabajo y de habitantes, tarda un tiempo enorme en formarse. La naturaleza necesita roca deshaciéndose, plantas naciendo y muriendo, lombrices cavando y descomponedores reciclando, todo al mismo tiempo, durante mucho tiempo.

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¿Cuánto tiempo? Estimaciones de agencias agrícolas apuntan que puede tardar de cientos a más de mil años en que la naturaleza forme unos pocos centímetros de suelo fértil. En muchos lugares, el ritmo es de menos de un milímetro por año. El buen suelo que sostiene un cultivo hoy empezó a formarse en una época que nadie de tu Club alcanzó, ni tus bisabuelos.

El problema es que ese tesoro se pierde rápido. Una lluvia fuerte sobre un terreno sin plantas puede arrastrar en una tarde la capa que tardó siglos en nacer. Por eso los agricultores plantan árboles en los bordes, cubren el suelo y evitan dejarlo expuesto. Cuidar la tierra es cuidar algo que no se rehace a nuestra prisa. Un buen proyecto de servicio comunitario puede incluir exactamente eso: proteger y recuperar el suelo de un espacio de la comunidad.

Del polvo de la tierra: de dónde la Biblia dice que viniste

Existe un detalle curioso en el relato bíblico de la creación. Cuando la Biblia describe el origen del primer ser humano, no usa una materia noble y brillante. Usa tierra. En Génesis 2:7, en la versión Reina-Valera Contemporánea, está escrito: "Entonces Dios el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente."

El nombre del primer hombre, Adán, tiene todo que ver con esto. En hebreo, la palabra para ser humano es adam, y la palabra para suelo, tierra, es adamah. Una nace de la otra. Es como si el texto dijera que el humano es, en cierto modo, la criatura hecha del suelo. Hecha del mismo polvo que alberga lombrices y descomponedores.

Después, en Génesis 3:19, aparece el otro lado de la misma verdad: "Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado. Polvo eres, y al polvo volverás." Para el cristiano adventista, ese versículo recuerda que la vida es un regalo del Creador, y no algo que fabricamos solos. No necesitas estar de acuerdo con esa fe para hallar hermosa la idea: el mismo suelo que alimenta al mundo también aparece en la historia de cómo el mundo comenzó.

El suelo al cuidado de quien creó todo

Uno de los salmos más bellos sobre la naturaleza describe a Dios ocupándose de cada detalle del planeta. El Salmo 104:14 dice: "Haces crecer la hierba para las bestias, y las plantas para el servicio del hombre, sacando así el pan de la tierra." El versículo dibuja una escena simple: la tierra produce el pasto, el pasto alimenta al buey, y de la tierra viene también el pan de nuestra mesa.

Fíjate que todo pasa por el suelo. El pan que comes vino del trigo, que vino de la tierra. La fruta vino del árbol, que hincó raíz en el suelo. La carne vino del animal, que comió el pasto que creció en el suelo. Toda nuestra comida empieza en aquel puñado oscuro que la mayoría de las personas ni mira.

Para el Conquistador, esto se vuelve una invitación práctica. Cuidar la naturaleza deja de ser un asunto distante y pasa a ser algo que cabe en la próxima reunión: armar una compostera, plantar una huerta, cubrir el suelo de un área desgastada. Conocer el suelo vivo cambia la manera de pisarlo. Dejas de ver el suelo como suciedad y empiezas a tratarlo como un regalo confiado a tu cuidado.