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Ni planta, ni animal: un reino solo suyo
En la escuela aprendiste a dividir los seres vivos en plantas y animales. Después vinieron las bacterias. Los hongos quedaron en un rincón, medio sin lugar, hasta que los científicos se dieron cuenta de que merecían un reino entero solo para ellos: el Reino Fungi.
¿Por qué no son plantas? Las plantas fabrican su propio alimento con la luz del sol, a través de la fotosíntesis. El hongo no hace eso. No tiene clorofila, no es verde y no usa la luz para comer. En cambio, digiere la comida por fuera: suelta sustancias en el ambiente que deshacen la materia que lo rodea, y después absorbe el resultado. Es como si echaras jugo gástrico en el plato y sorbieras la sopa que se forma.
Curiosamente, en el nivel químico el hongo está más cerca de ti que de un árbol. La pared de sus células está hecha de quitina, el mismo material del caparazón de los escarabajos y los camarones. Una seta y una cucaracha tienen un ingrediente en común que la lechuga no tiene. La creación está llena de estas sorpresas cuando la miras de cerca.
El micelio: el cuerpo escondido, y la seta es solo el fruto
Aquí está el mayor malentendido sobre los hongos: mucha gente piensa que la seta es el hongo entero. No lo es. La seta es solo la parte que aparece para reproducirse, como la manzana de un manzano. El cuerpo de verdad queda debajo, invisible.
Ese cuerpo se llama micelio. Una red de hilos blancos finísimos, llamados hifas, se ramifica por el suelo, por la madera podrida, por dentro de una hoja caída. En un puñado de tierra de bosque puede haber kilómetros de hifas enredadas. El micelio es la parte que come, crece y vive todo el año.
Cuando llega la hora de esparcir la especie, el micelio empuja hacia arriba una seta. Debajo del sombrero están las láminas, que sueltan millones de esporas, motitas ligeras como humo. El viento las lleva, la lluvia las esparce, y donde una espora cae en un lugar húmedo nace un nuevo micelio. Por eso la seta aparece de un día para otro después de la lluvia: el cuerpo ya estaba ahí todo el tiempo, solo faltaba que brotara el fruto.
En una caminata de Especialidad, vale la pena parar y observar una seta sin arrancarla. Nunca comas setas silvestres. Muchas son venenosas, y algunas de las más peligrosas son casi idénticas a las comestibles. Mirar, fotografiar y dibujar es la forma segura de estudiar.
Los limpiadores de la creación
Piensa en cuántas cosas mueren en un bosque cada año: hojas, ramas, troncos, animales, frutas podridas. Si nada retirara ese material, el mundo se convertiría en una montaña de restos en poco tiempo. Los hongos son el equipo de limpieza que impide eso.
Ellos son los grandes descomponedores del planeta. El micelio penetra en la madera muerta y en la hojarasca caída y la deshace en pedazos cada vez más pequeños, devolviendo al suelo los nutrientes que estaban atrapados ahí. Sin hongos, el carbono, el nitrógeno y los minerales quedarían encerrados dentro de los troncos, y las plantas nuevas no tendrían de qué alimentarse.
Existe incluso un tipo de materia que casi solo los hongos consiguen digerir: la lignina, la sustancia dura que mantiene el árbol en pie. Pocos seres en el mundo pueden con ella. Los hongos sí. Ellos cierran el ciclo de la vida, transformando la muerte de vuelta en tierra fértil. Es un reciclaje silencioso que ocurre debajo de tus pies en este preciso momento.
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No todos los hongos viven en el bosque. Algunos trabajan en tu cocina. Las levaduras son hongos microscópicos, de una sola célula, y una de ellas hace crecer el pan. Cuando el panadero mezcla levadura en la masa, esta come el azúcar de la harina y suelta gas carbónico. Son esas burbujas de gas las que hacen que la masa se infle y el pan quede blando. La misma familia de levaduras fermenta bebidas y ayuda a que los quesos maduren.
Otro hongo cambió la historia de la medicina casi por accidente. En 1928, el científico escocés Alexander Fleming volvió de vacaciones y encontró un moho verdoso creciendo en una placa olvidada en el laboratorio. Alrededor de aquel moho, las bacterias habían muerto. El hongo era del género Penicillium, y la sustancia que soltaba recibió el nombre de penicilina.
La penicilina se convirtió en el primer antibiótico de uso amplio y pasó a salvar a millones de personas de infecciones que antes mataban con facilidad. Un moho común, del tipo que aparece en una naranja olvidada, guardaba un remedio que cambió el mundo. Recuerda que los remedios son asunto de médico: los antibióticos solo con receta y orientación profesional, nunca por cuenta propia.
La internet secreta de los bosques y los líquenes
Debajo de casi todo bosque saludable existe una alianza que pocas personas conocen. Las raíces de los árboles se conectan con el micelio de los hongos en una sociedad llamada micorriza, que quiere decir, literalmente, hongo-raíz.
Funciona así: el hongo se enrolla en las raíces y estira sus hilos finísimos mucho más lejos de lo que la raíz alcanzaría sola. Busca agua y minerales del suelo y se los entrega al árbol. A cambio, el árbol paga con el azúcar que fabrica con la luz del sol. Ambos ganan. Un árbol con buena alianza de hongos crece más fuerte, y un bosque entero puede estar conectado por esa red subterránea, intercambiando nutrientes de una planta a otra.
Los hongos hacen además una segunda alianza famosa: los líquenes. Esa costra gris, verde o anaranjada que ves pegada en rocas, muros y troncos viejos es un hongo viviendo junto con un alga. El alga fabrica el alimento con la luz, el hongo ofrece abrigo y humedad. Juntos, sobreviven en lugares donde nada más crece, desde el desierto hasta la cima helada de las montañas. Donde veías solo una mancha en la roca, existe una sociedad de dos seres diferentes trabajando en conjunto.
El mayor ser vivo de la Tierra es un hongo
Cuando alguien pregunta cuál es el mayor ser vivo del mundo, la respuesta esperada es la ballena azul o la secuoya gigante. Las dos son enormes. Pero el récord pertenece a un organismo que casi nadie consigue ver por entero: un hongo.
En el Bosque Nacional de Malheur, en el este del estado de Oregón, en Estados Unidos, existe un único hongo de la especie Armillaria ostoyae, conocido como armilaria o seta de miel. Su micelio se extiende por el suelo a lo largo de cerca de 9,6 kilómetros cuadrados, un área mayor que mil campos de fútbol. Pruebas de laboratorio confirmaron que todo aquello es un solo individuo genéticamente idéntico, conectado por debajo de la tierra.
Y es antiquísimo. Por el ritmo de crecimiento, los científicos calculan que ese hongo tiene como mínimo cerca de 2.400 años, pudiendo llegar a algo cercano a los 8.000 años. Ya estaba creciendo ahí mucho antes de que existieran las ciudades que conoces. En otoño, cuando suelta sus setas color de miel entre los árboles, esa es la única pista visible de un gigante que pasa la vida casi entera escondido.
Ese récord encaja con una verdad sobre los hongos: son un reino gigantesco y casi inexplorado. Los científicos estiman que existen entre 2,2 y 3,8 millones de especies de hongos en la Tierra, y hasta hoy solo una pequeña fracción, algo en torno a 150 mil, ha sido descrita y ha recibido nombre. La inmensa mayoría sigue desconocida, esperando ser encontrada.
El Dios de los detalles y nuestra mayordomía
Para el Conquistador, mirar la naturaleza va más allá de la curiosidad científica. Es una manera de conocer al Creador por lo que Él hizo. El salmista escribió, admirado: "¡Cuán numerosas son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas" (Salmo 104:24, RVR). Un reino entero de millones de especies, la mayoría invisible a simple vista, encaja bien en esa descripción.
En el relato de la creación, en Génesis 1, después de cada día de trabajo está escrito que Dios vio que era bueno, y al final que todo era bueno en gran manera (Génesis 1:31). El sistema de reciclaje escondido en el suelo, la alianza entre hongo y raíz, el moho que se volvió remedio: todo forma parte de un mundo pensado con cuidado, incluso en los rincones que nadie ve.
Desde el principio, el ser humano recibió la tarea de cuidar de ese mundo. Cuidar de la creación va más allá de admirar el paisaje bonito; es respetar hasta la red de hongos debajo del sendero, no destruir por diversión, aprender antes de tocar. Una buena idea para una reunión de Unidad es salir al campo con lupa y cuaderno, registrar los hongos, líquenes y setas que se encuentren, y agradecer al Creador que se esmera en los detalles escondidos. Puedes encajar esa salida en el guion de reunión del Club.